La sinuosa búsqueda de la cura del cáncer desde Granada 0


Juan Antonio Marchal y Joaquín Campos ya tienen reconocimiento, pero han sufrido 22 años de anonimato y dificultades, como cualquier investigador en España

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La Universidad ha patentado este posible fármaco. Desde su presentación pública por parte de los científicos y la rectora la noticia ha corrido por el mundo entero como una esperanza.

Clases particulares para completar el sueldo, consultas médicas a domicilio en un Vespino y con el maletín entre las piernas, noches en una pensión de “mala muerte” para dar clase en otra ciudad o año y medio de formación a más de 2.000 kilómetros de sus tres hijos pequeños. Joaquín Campos Rosa y Juan Antonio Marchal Corrales son hoy dos de los científicos más perseguidos, escuchados y fotografiados por los medios de comunicación, pero su trayectoria es un ejemplo perfecto de la calamitosa vida del investigador en este país.

Los dos científicos de la Universidad de Granada han formado una pareja de hecho durante 22 años para llevar adelante una investigación contra el cáncer que por el momento ha dado lugar a la patente de un posible fármaco antitumoral con unas pruebas preclínicas muy halagüeñas. La noticia ha recorrido el mundo y en estos momentos los investigadores granadinos están descubriendo qué es trabajar con el depósito de la esperanza de millones de personas.

“No podemos decir que tenemos la solución al cáncer, pero estamos en el camino”, explica Joaquín Campos. El catedrático de Química Farmacéutica recuerda que hace dos días ni el investigador del despacho contiguo sabía a lo que se dedicaba y ahora vive cada día momentos emocionantes, como el encuentro con una mujer que acaba de perder un hijo a causa del cáncer y ofrece su cuerpo sano para la experimentación del fármaco. “Me quedo impresionado y me siento con más responsabilidad cada día”, agrega el científico.

En esa percepción de obligación redoblada coincide también Juan Antonio Marchal, que además es médico y recibe cada día montones de correos de gente de todo el mundo que se ofrece como conejillos de indias; la mayor parte de los casos, porque “lo tienen todo perdido”. Es una presión añadida con la que no habían trabajado durante estos 22 años atrás.

Su colaboración comenzó en 1993, cuando ambos formaban parte de dos grupos de investigación implicados en un proyecto contra el cáncer, uno de Farmacia y otro de Medicina. Campos llevaba muy poco tiempo como profesor titular de la UGR y Marchal empezaba su tesis doctoral. Sus respectivos “jefes” lideraban un proyecto de estudio del 5 Fluorouracilo, un fármaco muy utilizado desde hace muchos años en el tratamiento del cáncer de colon. El problema es que tiene muchos efectos tóxicos para el organismo del paciente, motivo por el que los investigadores trataban de rebajar esas complicaciones colaterales.

La colaboración de ambos grupos era y sigue siendo imprescindible, pues unos producen los compuestos y otros tienen que probar su eficacia en ratones debidamente preparados y enfermados; todo esto dicho de un modo quizás demasiado sintético para una tarea tan compleja, pero ellos lo explican más o menos así para que se entienda. “Entonces hacíamos las pruebas en ratones con el rabdomiosarcoma, el tumor sólido más frecuente en niños”, recuerda Juan Antonio Marchal.

El origen fue la mejora de ese 5 Fluorouracilo, cuyos efectos tóxicos se consiguieron rebajar sin mermar la actividad antitumoral. Marchal hizo su tesis sobre esto y ambos investigadores firmaron publicaciones conjuntas. “Pero nos decían: -¿Y usted qué aporta?-. Realmente no era tanta novedad”, reconocen los científicos, que decidieron emprender una innovación mayor, quitando el flúor y creando compuestos antitumorales diferentes.

Fueron muchos los que se crearon y se probaron. Años de ensayos, prueba-error, prueba-error. Experimentaron con 600 moléculas y de todas ésas, solo un grupo de 5 son ahora la esperanza de los dos investigadores y los miembros de sus equipos. Se habla de un compuesto prometedor pero en realidad son 5. Es “una familia” lo que se ha patentado y por el momento esas pruebas tan satisfactorias de las que se ha hablado tras la presentación pública del descubrimiento se basan solo en una de las cinco moléculas.

La semana pasada, Campos entregó en mano a Marchal unos pequeños botes con otros tres compuestos que se van a probar ahora con ratones, como ya hicieron con el primero. “Hemos estudiado uno en profundidad, pero cualquiera de los otros puede ser más prometedor aún y dar mejores resultados”, explicaba en ese momento Marchal, que ya tenía 50 ratones preparados para empezar a inyectarles dos veces por semana los nuevos compuestos, unos polvos blancos en los que se concentran millones de esperanzas, el esfuerzo de varias generaciones de colaboradores y media vida dedicada por Joaquín y Juan Antonio.

“Es casi como criar un hijo”, dicen de su investigación, un trabajo que durante estos años han realizado en días festivos, a deshoras y en muchos momentos sin remuneración. Marchal recuerda que la última Nochebuena pasó la tarde con sus ratones porque les tocaba la inyección y ellos no entienden de fiestas.

La peor parte se la lleva la familia, coinciden ambos, con tres hijos cada uno (aunque en edades muy diferentes), y sus respectivas esposas, que también tienen su propia vida laboral. “Ellas han tenido un papel fundamental, con su flexibilidad”, recalca Joaquín Campos, que pasó un año y medio en Londres cuando sus hijos eran pequeños para una estancia posdoctoral, crucial en su carrera. Y Juan Antonio asiente con una sonrisa cómplice, porque la investigación le ha quitado bastantes horas con sus hijos, aún niños. Pero como muchos otros, trabaja cuando se acuestan y recuerda cuando los dejaba en el Conservatorio y aprovechaba el rato para verse con Joaquín en su casa, que quedaba cerca.

“Pero seguimos porque esto engancha”, repiten con frecuencia. Ambos transmiten satisfacción y energía, factores imprescindibles para avanzar durante 22 años en una investigación que como Joaquín puntualiza se desarrolla “a trompicones” por la burocracia y el sistema de investigación establecido.

Por este proyecto han pasado seis generaciones de doctorandos que llegan, se implican, empujan, pero se marchan, porque no hay estabilidad para el investigador. Y cuando llegan otros, hay que empezar de cero y para que el proyecto no se resienta los dos científicos de referencia tienen que superar esos “valles” con más dedicación y sin posibilidad de dejarse llevar por ese adocenamiento que la experiencia conlleva a menudo. Entre otras cosas, porque tienen que asumir más tareas, principalmente la docencia en la Universidad.

No son las únicas dificultades. En todo este tiempo han superado también muchas batallas de egos. “Dentro de los grupos depositas gran confianza en la gente y a veces el que hoy es tu mejor amigo, después es tu más acérrimo enemigo”, cuenta Joaquín, que con 62 años siempre ha trabajado de igual a igual con Juan Antonio, 14 años menor. Ambos reconocen que en la Universidad existe eso de la “casta” que da la posición o la experiencia, pero aseguran que en su trabajo conjunto no ha pesado ni desde sus dispares situaciones iniciales. “Lo que nos unió fue la motivación y el sacrificio”, apunta el investigador más joven.

Son conscientes de que tienen que aprovechar este momento de vino y rosas que les da la popularidad para impulsar su proyecto, porque conocen de cerca las dificultades y la incomprensión. Llevar a las farmacias un fármaco contra el cáncer sería la máxima ilusión de sus vidas profesionales, por no hablar de la responsabilidad hacia los demás, que se comprende con estas palabras de Joaquín: “Mis hijos nunca me habían dicho hasta ahora que estaban orgullosos de mí… Y no los puedo decepcionar”.

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